Foto de grupo en la que salimos Josu y yo en un bar de Pilsen, con nuestro amigo Slavek y otros amigos tomando cerveza.

Ruta de Berlín a Budapest

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Cómo nació este viaje

Este viaje es muy especial para Josu y para mí.

Fue una especie de prueba, un «entrenamiento», un capítulo piloto de una historia que no sabíamos si se iba a escribir.

Fue nuestro primer viaje juntos, en noviembre de 2016 cuando apenas nos conocíamos y decidimos que una buena forma de hacerlo era viajando.

Antes de hacer y de siquiera planear esta ruta por varias ciudades de Europa, en nuestras charlas Josu me hablaba de un viaje a la India que iba a hacer próximamente. Ya lo había planeado y pensado antes de conocerme y estaba bastante ilusionado. La idea era estar unos meses viajando por ese país a solas, como había hecho anteriormente por México. Yo le escuchaba y le animaba mucho, porque yo ya había estado en India no hacía tanto y me apasionó, me gustó muchísimo.

Al cabo de un tiempo de esas charlas, y cuando nos conocíamos un poco más, me propuso unirme a su plan de viaje a India. Yo no me lo esperaba, pero no me lo pensé ni dos segundos y le dije que sí, que por supuesto, ¿que si quiero ir a India me preguntas?

Y es por eso que, antes de aventurarnos casi 3 meses a India juntos, este viaje por Europa era una especie de «examen», un test de compatibilidad para ver si éramos viajeros que se acomodaban bien el uno al otro, ya que para conocerse y amoldarse, es mucho más recomendable empezar por algo más breve.

Os hago espóiler y os adelanto que unos meses más tarde estábamos cogiendo un avión con destino a Nueva Delhi, muy emocionados. Así que está claro que este viaje que os cuento a continuación, en el que fuimos desde Berlin (donde vivíamos en esa época) hasta Budapest, nos fue bastante bien. ¿No creéis?

Este viaje fue hace tanto tiempo, que ya no conservamos casi ninguna foto y solo he conseguido rescatar algunas, por lo que en esta entrada habrá sobre todo texto y fotos genéricas. ¡Espero que aún así la disfrutéis!

El recorrido

En este viaje estuvimos en Alemania, República Checa, Eslovaquia y Hungría, pasando por : Berlin, Dresden, Praga, Pilsen, Český Krumlov, České Budêjovice, Brno, Bratislava, Györ y Budapest. Tomamos autobuses, trenes, hicimos autostop, caminamos y tomamos un vuelo para regresar al inicio. Vamos, un poco de todo.

Comienza nuestro primer camino

Berlín es una de mis ciudades favoritas del mundo.

Nuestra ruta comenzaba en la ciudad en la que vivimos durante 6 años: Berlin. La idea era escapar de nuestra amada Berlin y rular un poco por Europa, sin destino ni ruta preestablecida, dejarse llevar. Lo primero que pensamos es ir hacia el sur, para conocer República Checa porque a ambos nos atraía mucho conocer sus pueblos más a fondo, no solo Praga que es a donde va todo el mundo (y puedo entenderlo porque es maravillosa).

Dicho y hecho, nos pillamos un bus hasta Dresden (los famosos FlexiBus que si habéis viajado por Alemania todos conoceréis) y aquí hicimos nuestra primera parada.

Dresden.

Dresden (Dresde en alemán) es una ciudad europea clásica, muy monumental y cuidada en todos sus rincones. Por ella pasa el río Elba, y pasear por sus alrededores es un placer. Caminamos por el centro histórico y visitamos los edificios más emblemáticos, como la Schlossplatz, la Hoffkirche y el Fürstenzug, también pasando por el Augustusbrücke (puente de Augusto).

Durante el camino nos comunicamos con un chico por Couchsurfing para ver si nos podía alojar en su piso. Tuvimos éxito, así que por la noche, ya cansados de patear por la ciudad, fuimos a su casa. El chico se llamaba Pradeep y, casualidades del destino, era natural de India. Antes de dormir, pudimos charlar un poco con él sobre su país y los sitios que yo conocía y a los que ya empezábamos a planear que visitaríamos. Es lo bueno del Couchsurfing, que siempre te llevas algo extra al estar con otras personas de otros lugares (aparte de mejorar muy mucho el presupuesto del viaje).
Al día siguiente, nos despedimos de Pradeep y tomamos rumbo sur, para cruzar la frontera en un autobús que nos dejó en Praga.

Y llegamos a República Checa

Esta ciudad es maravillosa, pero ambos la conocíamos así que en esta ocasión fue una simple escala para ir a otro lugar del que habíamos oído muchas cosas buenas: Pilsen.

En esta ciudad también estuvimos durmiendo con un chico que encontramos en Couchsurfing, por lo que fuimos directamente a su casa a soltar la motxila rockanrolera y poder ir más libres descubriendo la ciudad. El chico se llamaba Slavek y aunque estaba ocupado con trabajo, sacó tiempo para enseñarnos su ciudad e incluso presentarnos a sus amigos. Nos dio muy buenos consejos que solo un local conoce, sobre sitios donde tomar unas cervezas y sobre buenos lugares para comer bien y barato. Lo que iba a ser una noche, ¡se convirtieron en tres! Además, Slavek había viajado por todo el mundo y tenía mil historias que contar y nosotros, ávidos de comenzar nuestra etapa viajera juntos, éramos unos muy buenos oyentes para sus relatos.

En Pilsen con Slavek y sus amigos.

Pilsen (Plzeň en checo) es una ciudad muy viva y entretenida, hay mucho ambiente y realmente nos encantó. Paseamos literalmente toda la ciudad, a solas y también con nuestro anfitrión, viendo la Katedrála svatého Bartoloměje (Catedral de San Bartolome), la náměstí Republiky (la Plaza de la República) y la Velká synagoga (la Gran Sinagoga), entre muchos otros sitios que ofrece esta ciudad checa.

Una de las cosas que hacer en la ciudad es visitar la fábrica de la cerveza Pilsner Urquell, y allá que nos fuimos. La visita fue muy entretenida y la tienen muy bien organizada, te cuentan datos curiosos sobre la cerveza y ves todo el proceso de fabricación y procesado hasta tenerlas en las botellitas y latitas en donde nos las bebemos después. También te dejan hacer una pequeña cata, así que no os pongáis ansiosos que podréis beber un poquito. Merece la pena la visita, nos pareció muy interesante.

Realmente República Checa es un gran país para los amantes de la cerveza, ya que son grandes productores y tienen cervezas de gran calidad, nada que ver con las cervezas españolas (le pese a quien le pese). La Pilsner Urquell es una, pero tienen muchas más como Staropramen o Budweiser Budvar (no confundir con la americana).

Planazo en Pilsen: ir a probar cervezas. Está mal decirlo, pero recuerdo que en este bar no pagamos (no nos atendían para pagar y nos marcamos un sinpa).

Aparte de la visita a la fábrica, lo que más nos gustó de la ciudad fue la visita a sus túneles subterráneos. Hay otra ciudad entera bajo el suelo de Pilsen, muchísimos túneles laberínticos que no te puedes perder si vienes de visita. Muy recomendado.

Tras unos días magníficos en Pilsen, tocaba de nuevo tomar el camino y decidimos que éste nos llevara hasta la ciudad de Český Krumlov.

Český Krumlov parece sacado de un cuento.

Desde Pilsen cogimos un tren, que nos dejó en la intermedia České Budêjovice, desde donde puedes llegar a Český Krumlov en un autobús.

Esta ciudad es una locura de bonita, nos dejó boquiabiertos con sus hermosas calles y las vistas dignas de postal. Parece sacada de un cuento y, al menos para mí, era una gran desconocida.

Es una de las joyas del país y no podemos hacer más que recomendarla. Por ella pasa el río Moldava y, con los meandros que forma a su paso, le otorga a Český Krumlov unas vistas espectaculares, causantes seguro de haber sido declarada Patrimonio Cultural por la UNESCO.

Nosotros pasamos unos días disfrutando de todo lo que puede ofrecer y quedamos encantados. Con todo este subidón de belleza, estábamos listos para ir al siguiente destino.

Para llegar a él, volvimos de nuevo a hacer escala en České Budêjovice, y ahí cogimos un tren.

La siguiente parada que nos apeteció hacer fue Brno, ya que vimos que cerca había unas cuevas que queríamos conocer.

Nos quedamos dos noches allí, en un hostal bastante estrambótico, con un dueño italiano muy peculiar que parecía abusar de alguna sustancia que le hacía estar todo el rato muy activo y hablador. Pero era baratísimo y eso mola. El día del viaje en tren, sólo llegamos y descansamos, dimos una pequeña vuelta por la ciudad que no tiene grandes monumentos ni cosas de interés y preparamos la excursión del día siguiente.

No os perdáis las cuevas Punkva si visitáis República Checa.

Las cuevas que comentaba son las Punkevní jeskyně (cuevas Punkva), y realmente merecen una visita. Para llegar a ellas es necesario ir desde Brno hasta Blansko en tren, unos 30 minutos, y desde Blansko se coge un autobús hasta Skalní Mlýn. Al llegar a este punto hay dos opciones: caminar a las cuevas o pagar un tren y, efectivamente, nosotros no gastamos un duro y nos dimos un bonito paseo hasta llegar al lugar.

El recorrido por las intrincadas cuevas deja atónito a cualquiera y no sólo son cuevas, también visitas el Abismo Macocha (im-pre-sio-nan-te), unos lagos subterráneos… ¡incluso hay un paseo en barca por el río subterráneo Punkva! Nosotros alucinamos con estas cuevas, se las recomendamos a todo el mundo porque la visita es espectacular. Por ahora, son las cuevas más bonitas en las que he estado.

Al salir de las cuevas, decidimos que era una maravillosa idea volver por otro camino hasta donde se cogía el bus. ¿Por qué no fuimos por el mismo por el que habíamos venido? Nadie lo sabe. El caso es que comenzamos a andar, y a andar, charlando y caminando, y seguíamos andando, y andando… Se nos fue un poco la olla y cuando ya había pasado más tiempo del que se precisaba para llegar (bastante más), y empezaba a caer la tarde, vimos un cartel que ponía «Blansko» e indicaba una cifra de kilómetros que nos alertó bastante y nos dejó muy claro que estábamos yendo mal, bastante mal. Alejándonos, vaya. Que estábamos perdidos, vaya.

Fue entonces cuando llegamos a una carretera y comenzamos a hacer autoestop y ver si a alguna alma bondadosa y caritativa le dábamos ternura (o pena) y nos volvía a aclarar el mapa, y de paso, nos acercaba a Blansko.

Tras unos minutos paró un coche con dos chicos que literalmente alucinaron con nosotros cuando les dijimos que veníamos de las cuevas. No podían creer cómo habíamos llegado allí y nos dijeron que menos mal que nos habían encontrado, porque íbamos mal direccionados no, fatal direccionados, y estábamos ya en horas complicadas. Por suerte para nosotros, estos chicos majos nos dejaron directamente en Brno, convirtiendo toda la odisea en una anécdota divertida. No recordamos sus nombres, ¡pero desde aquí les damos las gracias de nuevo!

Ya en el hostal, pudimos descansar al fin después de este día ajetreado y prepararnos para seguir con el viaje. El siguiente destino ya estaba decidido, era hora de cruzar otra frontera y entrar en Eslovaquia.

La siguiente mañana pensamos que nos apetecía ahorrar un poco y nos pusimos a hacer autostop para salir de Brno. Nos cogió en su coche un chico un poco hippie y que nos pareció que tenía pinta de fumetilla, por lo que automáticamente nos cayó genial. Nos dijo que nos dejaría cerca de la frontera, en una gasolinera, para que pudiéramos volver a hacer autostop y cruzarla en otro vehículo. El viaje en su coche se tornó en una charla muy agradable sobre India, ya que él también había estado viajando por allí. Nos dió unas recomendaciones sobre destinos increíbles que, aunque en ese momento todavía no lo sabíamos, se convertirían en una de las mejores experiencias en nuestro viaje futuro a India. Aparte de darnos consejos viajeros, nos quiso regalar plantas que él cultivaba, tú me entiendes, algo pa’fumá que dirían en mi tierra, confirmando que sí que era fumetilla. Dando las gracias porque nosotros somos muy educados, le dijimos que mejor la guardara en la guantera para otra ocasión.

Tan bien íbamos charlando y charlando, que de nuevo se nos fue la olla, el chico se pasó la gasolinera y, sin querer, cruzó la frontera hacia Eslovaquia. Fue un momento muy divertido que no trajo ningún inconveniente (menos mal porque las sustancias herbáceas de la guantera no hubieran gustado mucho a los señores agentes que trabajan en las fronteras), así que ya que habíamos cruzado, nos dejó en una gasolinera ya dentro de Eslovaquia donde haríamos de nuevo autostop tras despedirnos de este amigo del camino.

Paso rápido por Eslovaquia

En este momento tuvimos un momento de confusión grande, ya que entramos a comprar algo a la gasolinera, creo que tabaco, y Josu había visto en el móvil que la moneda del país era la corona eslovaca. No teníamos la moneda local, así que fuimos al señor que trabajaba allí a preguntar si nos podía cambiar él mismo unos euros. El hombre nos miró como si estuviéramos locos cuando le dábamos un billete de 50 euros pidiendo cambio a la moneda local. Fue un momento de confusión y de risas unas vez que nos dimos cuenta de que estábamos en un gran error y despiste, y es que efectivamente en Eslovaquia la moneda era la corona eslovaca hasta 2008, cuando entró el euro. ¡Ups!

Bratislava.

En la gasolinera estuvimos un rato de nuevo con nuestros pulgarcitos al viento, pero no demasiado, porque pronto nos cogió un matrimonio que iba a Bratislava, lugar donde queríamos dormir esa noche. Este trayecto con el matrimonio transcurrió sin incidentes, tuvimos charla cordial con ellos pero nada digno de contar o escribir en estas líneas. Al llegar a la ciudad, buscamos otra vez alojamiento en Couchsurfing y encontramos a Jana y a su marido, un matrimonio joven que nos acogió en su piso en la ciudad.

De este matrimonio qué podemos decir, eran encantadores. Estaban recién casados y habían hecho su viaje de luna de miel recientemente. Tras invitarnos a cenar y a un chupito de un licor eslovaco (Slivovica), ¡nos plantaron a Josu y a mí collares hawaianos que habían traído de su viaje! Pasamos una velada muy divertida con ellos y nos hicieron sentir como en nuestra casa. Dormimos en su sofá cama en el salón contemplando una luna llena espectacular que entraba por la ventana. Esta noche fue de esas noches que en el momento que las vives, aún no lo sabes, pero te acompañarán el resto de tu vida. Siempre que miro a la Luna llena, recuerdo ese salón de Bratislava.

Por la mañana, Jana ya se había ido a trabajar y nosotros, tras comernos el desayuno que nos preparó su marido, nos fuimos con él en su coche y nos llevó a otra gasolinera que habíamos estado estudiando y consideramos que sería estratégica para hacer autoestop. El plan era estar ahí buscando algún coche que nos llevara o acercara hacia Hungría. Como veis, en Bratislava casi no pasamos tiempo y no pudimos conocer mucho de la ciudad. Esto es porque ya se nos estaba acabando el tiempo de viaje (había que volver pronto a Berlin a seguir currando) y queríamos acabar el recorrido en Budapest.

El cruce de frontera más loco: Hungría

En esta ocasión nos costó bastante rato encontrar a alguien que nos llevara hasta Budapest. Los trabajadores de la gasolinera estaban ya cansados de vernos allí, ya que entramos a la tienda varias veces a pedir café y a refugiarnos del invierno. Estuvimos 4 horacas intentándolo y estábamos ya desesperados (y muertos de frío) cuando un mega tráiler gigantesco se detuvo y, por la ventanilla del conductor, apareció un camionero húngaro con cara de personajillo y nos dijo que nos montáramos, que nos acercaría hasta Györ, a mitad de camino entre Bratislava y Budapest.

Este viaje de autoestop sí que fue de lo más pintoresco de todo el recorrido que hicimos. No recuerdo cómo se llamaba el señor, pero conducía el tráiler mientras jugaba en un portátil que tenía al lado del volante, o mientras consultaba el facebook… Aparte de eso, y para mi desesperación, hacía bromas como soltar el volante durante unos segundos o conducir con los codos.

Aunque parezca mentira después de lo que acabo de contar, disfrutamos el viaje con él porque tenía mucha conversación. Hablamos mucho y conversamos sobre muchos temas, como sobre las peculiaridades del euskera y el húngaro como lenguas europeas curiosas por sus características únicas, todo esto en un inglés bastante chapucerillo, pero no veas si se hacía entender.

También vivimos un momento surrealista en este viaje en tráiler, ya que unos minutos antes de llegar a la frontera entre Eslovaquia y Hungría, y cuando ya divisábamos un control de policía un poco más adelante, nos miró sonriente y nos preguntó: «bueno, ¿quién de los dos se va a esconder atrás para cruzar la frontera?». Ante nuestras caras de estupefacción, nos explicó que en el tráiler sólo tenía permiso para llevar a una persona más, por lo que a uno de los dos le tocaba esconderse para el control de fronteras. Nosotros, aún flipando, decidimos rápidamente que Josu era el elegido para las prácticas de ocultismo, por lo que pasó a la parte de atrás, se tumbó y se echó una especie de manta por encima. Y, efectivamente, entre policías hablando con un conductor loco en húngaro, sin entender nada de lo que decían, nerviositos perdíos y con el Josu atrás aguantando la respiración, fue como entramos en Hungría.

Budapest.

Nuestro amigo loco húngaro nos dejó cerca de la estación de Györ, donde esta vez cogimos un tren hasta Budapest.

Esta ciudad también es muy bonita, con sus barrios más famosos, Buda y Pest, separados por el río Danubio. Allí pasamos varios días, durmiendo en un hostel baratito que encontramos. Teníamos a un conocido en la ciudad con el que quedamos una tarde también para pasear y echar unas cerves, un amigo de Josu de origen georgiano que se llama Tsotne, y nos enseñó un poco la ciudad.

Uno de los imprescindibles por supuesto de Budapest es pasar un día enterito en los famosos baños termales (y si puedes, más). Son espectaculares, los más bonitos en los que he estado en toda mi vida. Os recomiendo ir en invierno, cuando anochece pronto y remojaros el culete en esas aguas humeantes mientras la noche cae sobre vosotros. Es una experiencia que no se olvida fácilmente.

Pasaréis un momento increíble entre vapores.

En estos días que pasamos en Budapest y de una forma totalmente fortuita, descubrimos que una de las bandas favoritas de Josu (llamada Talco) tocaba en la ciudad, por lo que no lo dudamos ni un momento y compramos una entrada.

Este concierto fue una de las últimas noches que pasamos en la ciudad, ya que solo dos días más tarde, volábamos de vuelta a nuestra querida Berlin. Antes de entrar, estuvimos tomando algo por la zona, descubriendo que era una especie de polígono industrial lleno de naves extrañas. No sabíamos ni dónde estábamos, pero había gentecilla y ambiente, así que sabíamos que no estábamos mal. La sala de conciertos no era otra que Supersonic – Blue Hell & KVLT, por lo visto una de las salas alternativas y de metal más antiguas de la ciudad. Recuerdo que era muy oscura y que había un rollo underground muy punkarreta muy divertido. Disfrutamos mucho porque la sala era medianita, así que vimos el concierto muy cerca y el pogo fue bastante íntimo, podríamos decir. Yo ví el panorama y me fui hacia atrás para que nadie me rompiera un diente y para poder salvaguardar mi integridad física. El Josu, efectivamente, estuvo en todo el sarao saltando. Recuerdo que cada dos o tres canciones, venía a buscarme y ver si todo estaba bien, para luego volverse a pegar saltos. Hay dos tipos de personas en esta vida: los del pogo y los de atrás.

La verdad es que este concierto que no planeamos pero que nos sorprendió en Budapest fue un muy buen cierre al viaje que nos acabábamos de marcar. Volamos de vuelta a Berlín con dos sonrisones. Así es más fácil seguir currando.

¡Mucho mejor si los viajes van acompañados con buena música, claro que sí!

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