Kamisaraki!
Después de estar en Arequipa, la ciudad más al sur de esta ruta de Perú a México en 380 días, y después de hacer nuestra Excursión al Cañón del Colca Barata, dimos un giro y volvimos a direccionarnos hacia el norte. Tomamos un bus largo y tedioso que nos dejó en esta ciudad fría y a gran altitud. En esta entrada os contaré qué hacer en Puno, aparte de pasar frío. ¡Vamos a ello!

La llegada en la oscuridad
A esta ciudad conocida por el lago Titicaca llegamos por la noche, bastante tarde, casi a las diez de la noche, por lo que las calles estaban ya bastante desiertas y oscuras, despertando cierta inquietud en nosotros.
Pasa mucho en Latinoamérica -creo que sobretodo siendo europeos- que en la noche las calles desiertas y oscuras, lógicamente, nos parecen un poco peligrosas. Da como cosilla andar por ahí y más si vas con las motxilas o con dinerito encima. También os digo que es una sensación que a lo largo de los meses de viaje se fue diluyendo; no es que nos volviéramos confiados o arriesgados, sino que la propia experiencia te hace verlas de un modo más calmado, lo vas normalizando.
Pero al llegar a Puno llevábamos algo menos de un mes por el país y por eso dudamos si coger un taxi hasta el hostal que habíamos reservado unas horas antes por teléfono, viniendo en el autobús. Al final, viendo que estaba relativamente cerca de la terminal, decidimos ir caminando.
Al poco de echar a andar, nos dimos cuenta de que teníamos compañía y que no íbamos solos. Nada raro: una guiri que también había viajado en nuestro autobús, ahora estaba pisándonos los talones con cara de pánico, usándonos de avanzadilla por si le pasaba algo. La tipa literalmente se había buscado un escudo humano de una forma bastante evidente así que decidimos que no le iba a salir gratis: comenzamos a hablar con ella. El peaje.

Además de asustona, era joven, unos veintitantos, alemana y viajera en solitario.
Desde aquí un gran saludo y toda mi admiración a esas mujeres que viajan en solitario a miles de kilómetros de su casa.
De casualidad iba a nuestro mismo hostal, así que anduvimos con ella todo el recorrido, que ella pasó mirando el móvil y con cara de pocos amigos, contestando con monosílabos a nuestra conversación. Entre las pocas cosas que nos contó fue que venía a hacer el Camino Inca con una amiga con la que se encontraría más adelante, y prácticamente estaba de paso por Puno, solo como ciudad para dormir.
No le interesó en absoluto que hubiéramos vivido años en su país y no tenía ganas de charlar, cosa que mostraba de forma expresa y clara. Nada malo, es comprensible. Al llegar al hostal, se adelantó e intentó abrir la puerta del hostal de una manera nerviosa y escandalosa, a punto estuvo de cargársela de los achuchones que le daba sin darse cuenta de que era corredera… Cuando al fin consiguió abrir con ayuda del recepcionista que acudió a ver quién estaba tratando de tirar la puerta abajo, entró y cerró tras de sí, dejándonos fuera fumando y sin mirar atrás. Igual que llegó a esta historia, salió de ella. ¿Quizás desconfió de nosotros y pensó que le íbamos a hacer algo? Ya os he dicho que las calles solitarias y oscuras a los europeos nos ponen nerviosillos. Desde luego, ¡hay que ver estos alemanes cómo son!
Nosotros, aún sin entender qué podía estar pensando la chica, acabamos el cigarrillo y entramos al hostal. Pasamos por recepción a preguntar por la visita a los Uros, un pueblo indígena pre inca que vive en islas flotantes en el lago y que es algo que se suele hacer en Puno. Nos gustó lo que nos contaron y antes de dormir ya teníamos plan para el día siguiente.
Excursión a la Isla de los Uros

Nos sacudimos el cansancio de ese viaje en el autobús de tantas horas y, por la mañana, después de desayunar en el hostal, estuvimos por los alrededores haciendo tiempo hasta que nos recogieron del tour. Esta visita, al ser necesario ir en lancha o barca hasta las islas flotantes, creo que es mejor hacerla con un tour, aunque también está la opción de ir por libre (pero reconozco que esta opción no la exploramos mucho, ya que el tour salía económico – os recuerdo que dejo los datos prácticos al final de la entrada). Hay distintas opciones de tour, ya que se pueden visitar también otras islas, como la isla de Taquile, pero decidimos hacer solo la isla de los Uros.
A las nueve de la mañana nos recogieron en la entrada del hostal en una furgoneta y nos llevaron hasta el puerto del famoso lago Titicaca, donde embarcamos en una lancha para ir a las cercanas islas. Durante este viaje pudimos disfrutar de las vistas del lago, incluso podíamos subirnos arriba en el techo para hacer fotos y poder disfrutar más del paisaje. He de decir que el lago es muy bonito, inmenso, la masa de agua dulce más extensa de todo Suramérica, pero desde Puno al menos no es que sea algo espectacular.
Lago en peligro
Parece algo así como un mar tranquilo y, con mucha pena, hay que decir también que el lago está bastante sucio y esto es visible sin hacer ningún estudio del agua. Desgraciadamente la contaminación del lago Titicaca es un problemón al que se enfrentan estas comunidades, ya que el agua está mermando, la biodiversidad está disminuyendo, los peces mueren y las aves se van. El agua del lago se contamina cada día más, ya que los principales ríos afluentes llegan ya al lago contaminados por residuos industriales de la minería y de la escasa gestión de otros residuos -como las aguas residuales que llegan de Puno. Sombrío panorama que organizaciones como Mujeres Unidas en Defensa del Agua están tratando de solucionar.
La historia de este lugar

Durante la ida hacia las islas, el guía nos fue explicando la historia de los Uros. Este pueblo vive en el lago Titicaca en islas artificiales flotantes; artificiales pero orgánicas, ya que están hechas por ellos mismos con una planta que crece de forma natural en el lago llamada totora. Hay muchas de estas islas de totora, en cada una de ellas viven unas cuantas familias, que se van turnando para recibir turistas de forma rotatoria.
El guía nos contó que los Uros, que solían vivir en las tierras circundantes al lago, sintieron la amenaza de los incas, que avanzaban e iban conquistando (y arrasando, como buenos conquistadores) todo a su paso, por lo que decidieron vivir así: en la paz del lago donde se sentían seguros e inalcanzables para ellos.
Al tomar esta decisión tuvieron que dejar mucho atrás, ya que la vida en esas condiciones no es fácil. Tradicionalmente se habían dedicado a la pesca, pero por la contaminación y la merma del agua esto ya no es posible. Hasta hace poco no tenían electricidad ni agua en condiciones (el agua del lago dejó hace mucho de ser potable); en el lago por la noche hace muchísimo frío, ya que Puno está a una gran altitud; las casas son también de este material de totora, por lo que es necesario ir rehaciéndolas a medida que van envejeciendo, sin contar con que las islas se van hundiendo cuando las ramas de totora se van pudriendo, por lo que casi continuamente hay que ir reponiendo y trabajando en construcción.
En la travesía también nos enseñaron un par de palabras en aimara, la lengua que actualmente hablan los Uros, para que pudiéramos saludarles al llegar: kamisaraki – waliki (vendría a ser algo así como un «hola, ¿qué tal estás?» y su respuesta «bien»).
Conociendo a los Uros
Al llegar a la isla de totora a la que le tocaba ese día recibir visita de los turistas nos recibieron con un coro de ¡kamisaraki!. Había una señora que era como la jefa o alcaldesa de esa isla, en la que vivían tres familias, acompañada de las mujeres y niños que vivían con ella. Hizo como una presentación en aimara y nuestro guía iba traduciendo todo. Nos contó un poco de nuevo la historia de su pueblo y cómo sobrevivían viviendo ahí: la necesidad de reconstruir la isla y las casas constantemente, cómo ahora tenían placas solares que les daban electricidad gracias a un proyecto del gobierno, cómo antes solían tomar planta de coca para poder resistir el frío y el arduo trabajo de ir a recolectar totora en el lago pero que ahora tomaban Inka-Cola, y varios chascarrillos más.
Nos contaba que no había hombres porque en ese momento estaban pescando, y ellas se dedicaban a estar criar a los niños y a tejer y hacer artesanías. También le pudimos hacer preguntas, como qué pasaba cuando alguien formaba una familia nueva: nos respondió que vivían en la isla del marido o tocaba construir una isla nueva de totora, cosa que pasaba menos frecuentemente por lo laborioso del proyecto. Tras hablar un rato en aimara para que la escucháramos, cambió a español sin ningún tipo de problema.

El momento turista
Después de esta presentación pasaron a enseñarnos sus artesanías, y para esto nos asignaron a cada pareja o grupo una mujer de cada familia. A Josu y a mí nos asignaron una mujer joven, de unos veintitantos años, que nos llevó a su casa, una choza de totora llena de jerséis y ponchos para la venta sin espacio para nada más. Allí nos estuvo contando -con la mirada perdida y mientras mascaba una ramita de totora- que ella había cosido todo lo que podíamos ver, que dormía ahí con su marido y dos hijos y que un hijo suyo tenía «problemas». Parecía estar pasando un mal momento y llegué a pensar que probablemente sufría de depresión. Nos pidió que compráramos algo y ante nuestra negativa, ya que no nos interesaba, comenzó a pedir insistentemente, diciendo que lo necesitaban para los niños y para comer, para comprar cosas, etc. Fue un momento muy incómodo ya que nosotros por regla no compramos nada de artesanías ni de souvenirs y la mujer nos llegó a insistir bastante.
Tras mostrarnos firmes salimos de la choza y dimos una vuelta por la isla, viendo a otros turistas que sí compraban llaveros o telas, que visiblemente no eran tejidos hechos por los Uros, ya que los diseños y los recuerdos eran los mismos de cualquier mercado de Perú, pero imagino que por colaborar o cediendo ante la insistencia.
La sensación desde el principio para nosotros fue que estaban representando una función teatral: nos estaban esperando en determinadas posiciones, las mujeres se pusieron a bordar y a trabajar al llegar nosotros para que las viéramos, nos cantaban con pocas ganas canciones en aimara mientras las personas del tour los grababan como en un show. Nos sentimos bastante cohibidos, todo parecía impostado. Nos contaban que ellos realizaban esas artesanías en la comunidad, pero claramente esto no era cierto. En general el cuadro parecía como una pose para los turistas que, ávidos por tener «la foto», entraban en el juego del teatrillo.
Tras este mal rato, nos ofrecieron una vuelta en una barca hecha completamente de totora por el lago, para ver otras islas y para llevarte a una isla «restaurante-bar», donde puedes comprar algo para tomar o comer en el lago. Decidimos tener la experiencia de pasear en la barca de totora porque la alternativa era quedarse en la isla hasta que los demás volvieran.
En la barca de totora -movilizada por una lancha a gasolina que le empujaba, todo muy «natural»- se vinieron también los niños de las familias de los Uros y siguieron cantando, pidiendo dinero y haciendo monerías mientras los turistas los grababan con su móviles. Había una mujer francesa que les aplaudió, les pidió que cantaran en aimara, que posaran para ella, para luego decirles que no llevaba efectivo encima. Todo bastante sórdido.

Tras este último paseo en la barca de totora y tras ver otras islas y el restaurante, ya nos regresamos a la lancha y volvimos a Puno.
El impacto del turismo en Puno
Sentimos de una forma bastante visceral que pocas cosas eran auténticas en estas islas de los Uros, y que, lejos de vivir de una forma ancestral, tradicional y sostenible, actualmente este pueblo depende plenamente del turismo más chungo, de los viajes en barco y de lo que vendan en ese momento. Y queda patente que no es suficiente.
Los niños que pudimos ver iban vestidos con ropas muy hajadas y sucias, mucho más que la ropa que vestían los adultos y eran enviados a mendigar monedas y a hacer su función. La sensación que vivimos fue la de estar en un espectáculo para turistas, algo bastante morboso e incómodo; todo parece irreal, fingido y envuelto por un aire frívolo y triste. Éramos como espectadores en un circo, pero con seres humanos que no pueden salir de su papel o actuación.
También pensábamos que tristemente mucho de lo que nos contaron de su pueblo y su cultura milenaria no era así actualmente y ya formaba parte del pasado (como que vivían de la pesca y de sus tejidos). Fue triste y penoso ver cómo el turismo, el cambio climático y la contaminación puede acabar con una forma de vida milenaria y provocar este tipo de supervivencia. Pensar que viven así, aislados en medio del lago esperando a los turistas es algo que encoge bastante el corazón. Yo no dejaba de pensar: ¿qué fue de todos ellos durante la pandemia?
Tour no recomendado por MotxilaRoll
Con toda la pena tengo que decir que no volvería a visitar estas islas, ni las recomiendo. No nos sentimos cómodos ni creo que sea algo ético fomentar que estas personas vivan así solo para que el turista tenga algo que ver, grabe vídeos o eche fotos. Sobretodo teniendo en cuenta que hay niños ahí.

Yo me sentí triste, incluso violenta ante la insistencia de que les diéramos dinero o compráramos algo. De hecho, a la vuelta, le pregunté al guía que cómo a día de hoy esta gente sigue estando ahí, en el lago, en esas condiciones. Entiendo el origen de esta cultura y este modo de vida en tiempos de persecución y de ataques por partes de los incas, o incluso cuando vivían de la pesca en un lago vivo y rebosante de esperanza, ¿pero ahora? Su respuesta fue que «es su cultura». Se me hace muy difícil de entender, pudiendo vivir en la ciudad con muchas más comodidades, con luz, con agua, sin que se te hunda tu casa, etc. Y no creo que sea una elección, sino un remanente de un pueblo que intenta eludir lo inevitable: que su modo de vida simplemente se extingue.
Después, reflexionando con Josu, pensamos que quizás todo es fingido, fake, como si fuera un juego para el turista y que en realidad no viven ahí; que realmente es una representación de cómo vivían sus antepasados.
La verdad, no sé qué es peor; aunque me alegraría pensar que no viven en esas condiciones tan duras.
Con todo, el camino continúa
Con todas estas sensaciones y dudas llegamos al puerto de Puno, dimos un paseo por los alrededores, tomamos un menú por 9 soles y respiramos todas estas reflexiones contemplando el lago Titicaca al atardecer. Pronto, el frío comenzó a ser más intenso y decidimos irnos para la zona de nuestro hostal caminando. Había muchísimo movimiento, las calles estaban a rebosar, ya que era sábado y donde quiera que miraras había puestos callejeros vendiendo de todo. También comida y los famosos emolientes calentitos, que nos sentaron muy bien y apagaron un poco esa sensación triste que teníamos en el cuerpo tras nuestra excursión.

Para cenar, vimos por el centro una pizzería con muy buena pinta y menos mal que nos decidimos a hacer la del guiri y tomar una pizza: ¡fue la mejor pizza que probamos en todo el viaje por América! Barata, hecha al horno y súper sabrosa. No suelo poner los sitios en los que comemos pero este lo merece: si estáis en Puno, id a la pizzería Richety.
Se acababan nuestras horas en Puno, una ciudad más ruidosa comparada con otras del Perú, pero con un encanto peculiar, con sus vistas del lago Titicaca y su jolgorio en las calles, con sus miles de tiendas y puestos callejeros que embelesan a los transeúntes. Es imposible no embaucarse con sus olores (a queso, fresas, emoliente o a pollo frito cada dos pasos), sus colores y sus gentes.
Llegamos a ella casi pensando en una ciudad de paso y nos sorprendió muy gratamente.
Al día siguiente, tocaba dejar el frío y la altitud de Puno para ir, por fin, a una de las ciudades más destacadas de Perú: Cusco.
¿Nos acompañáis?
¡Salud, motxila y rock’n’roll!

Datos prácticos para motxileros:
Tour Isla de los Uros: 25 soles (paseo en barca +15 soles)
Menú en Puno: 9 soles

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