¿Planeas visitar este lugar y no sabes muy bien cómo montarlo? En esta entrada te explicaré qué hacer en Cusco y cómo invertimos nuestros preciados días en esta increíble y preciosa ciudad.

Al fin llegamos a la zona más famosa del país
Llegamos a Cusco casi un mes después de iniciar nuestro viaje de 3 meses por Perú, un domingo de finales de junio de 2025, en un autobús desde Puno que duró casi ocho horas. Teníamos muchísimas ganas de conocer esta ciudad, habíamos oído muchísimo de ella y desde aquí planeábamos hacer varias excursiones a diferentes sitios, ¡algunos de ellos tan asombrosos como Machu Picchu!
Por esta zona geográfica estuvimos algo menos de un mes, tras el cual regresamos en un vuelo a Lima para seguir la ruta por Perú hacia el norte. Digo zona geográfica porque, por estos lares, es una locura la de cosas que puedes hacer. Cusco no es sólo Cusco, hay demasiados planes que hacer desde aquí por lo que toca un poco seleccionar y pensar bien qué se quiere visitar y cómo. Nuestra idea inicial era, como siempre intentamos, hacer excursiones a nuestra bola buscando transporte y moviéndonos libres, pero al llegar nos dimos cuenta de que a veces salía más económico ir con tours organizados a muchos de los sitios comparado con ir por tu cuenta. Un poco raro, pero así era.
Para organizar todo lo que os quiero contar, empezaré hablándoos de qué hacer en la ciudad de Cusco, y después, os contaré todos los planes que puedes organizar en los alrededores (spoiler: son muchos).
Ciudad de Cusco: mucho que ofrecer

Como todas estas excursiones o miniviajes os los voy a contar con más detalle en otras entradas, ahora os contaré lo que hicimos en la ciudad de Cusco, ciudad histórica y preciosa donde las haya.
Empezando por el principio, llegamos a Cusco el día 29 de junio a las tres y media de la tarde y no teníamos hostal reservado, pero habíamos visto uno bien barato por internet y nos fuimos allí directos en taxi a probar suerte (os dejo los datos prácticos al final). La tuvimos, porque tenían habitaciones y nos dieron una por S/50 soles la noche. Aunque la zona estaba apartadilla (cerca de las ruinas de Saqsayhuamán), pasamos aquí las tres primeras noches en Cusco hasta que marchamos para Machu Picchu.
Una ciudad para perderse
Estos primeros días los invertimos en conocer la ciudad, que a mí se me antojó en muchísimos momentos familiar. Paseando por sus calles a veces la mente me traicionaba y creía que estaba en el Sacromonte de Granada. Otras, en la judería de Córdoba o paseando por San Basilio en temporada de patios. Un mirador me transportó hasta Oporto, con sus cuestas. ¡Y toda la ciudad tiene un aire muy sevillano! También me recordaba en ocasiones a Marruecos… En resumen: una belleza en cada esquina. En Arequipa pensaba que difícilmente algún otro sitio le superaría, que esa iba a ser mi ciudad favorita del país, pero Cusco rápidamente se coló al primer puesto porque es bellísima, preciosa. ¡Cómo no va a serlo si recuerda a Andalucía!

Hicimos una caminata que venía recomendada en mi guía de viajes, viendo los monumentos y edificios más importantes y también paseamos a nuestro rollo y sin rumbo fijo frecuentemente. Hay ciudades que invitan a perderse por ellas y dejarse sorprender y Cusco es una de ellas. La plaza de San Blás, la Calle Siete Borreguitos y la calle Tandapata fueron de mis sitios favoritos.
Comer, comer y comer
Una cosa a experimentar en Cusco es sin duda la comida peruana.
Recuerdo especialmente un desayuno de pan con chicharrón en una calle en la que había muchísimas chicharronerías. Diosita mía cómo disfruté ese desayuno. Por favor, no os vayáis de Perú sin probar el pan con chicharrón. Hay cosas que mejoran la vida, y luego está el pan con chicharrón.

Otro sitio al que fuimos en Cusco y al que volvimos para repetir fue un restaurante de gastronomía chifa (chifa viene a ser como restaurante peruano-chino, muy típicos en Perú). Nos gustó muchísimo. No era tan económico, pero nos dimos un homenaje de comida rica y os lo recomiendo si visitáis la ciudad: se llamaba Chifa Lyam Chang.
Otro planazo es visitar mercados y comer allí, comprar frutas y verduras o quizás tomar algún jugo fresquito. Hay dos mercados más conocidos: el Mercado San Blas y el Mercado Central de San Pedro. Nosotros visitamos ambos para probar sus menús desde 8 soles.
Como ya os aconsejaba en Viajar barato, comer en mercados es una forma buenísima de ahorrar soles, o euros, o dólares, o dirhams… Money, money en tu bolsillo, siempre bien.
Desgraciadamente, tuvimos una mala experiencia en el de San Blas, por lo que el otro fue el que se convirtió en nuestro favorito. Mejor no os cuento la mala experiencia, porque seguro no os interesa. Aquí hemos venido a contar cosas buenas nada más y todo lo malo o feo -que inevitablemente también ocurre cuando viajamos- obviarlo como si no existiera.
¿Os lo creéis? ¡Ni de coña! Aquí se ha venido a contar lo que vivimos con nuestras motxilas rolando por ahí, por lo que hay que contarlo todo, todito, todo. Una de las cosas que me propuse con este blog es contar las cosas que ocurren viajando nos gusten o no, la sinceridad como camino a seguir. Y aparte de eso, es que mira que nos gusta un chisme, no me digáis que no. Sed sinceros.
El chisme
Lo que nos pasó es que llegamos e hicimos nuestra vueltita de rigor, viendo opciones y valorando qué nos tiraba más para comer. Estando en estas nos encontramos con un hombre español que trabajaba ahí, en uno de los puestos y que ofrecía un menú. Era un señor canoso y con camisa hawaiana, estilo más juvenil de la edad que aparentaba, yo diría que unos sesenta y bastantes.
Al verle nos dio esa alegría extraña que se siente al encontrarte a alguien de tu país a tantos kilómetros de la tierra y verlo así, integrado y como uno más. Ese algo hace que quieras acercarte a ver si se te pega algo, ir con él y escucharle que te cuente cómo acabó currando ahí, así que sin dudar nos sentamos en su puesto a comer.

La cosa es que ya desde el principio soltó un par de comentarios medio raros, que no nos sonaron bien pero como que haces oídos sordos por la inercia. Escuchas pero como que no lo oyes. No recuerdo bien ahora, pero algo dijo de España y los musulmanes, o los latinos, algo comentó de los vascos, pero así como cosas al aire que tampoco era nada que te hiciera salir corriendo.
Error: con estos comentarios habría que salir corriendo siempre.
Pedimos nuestra comida y yo elegí unas albóndigas con papas fritas que el señor me puso por las nubes, que si la receta la había incorporado él al negocio, que eran caseras, que tal, que Pascual. Las elegí incluso sabiendo que esa elección encarecía un poco el menú (que pasaba de 8 soles a 10 soles). Cuando vino el plato era un pedazo de montaña de arroz blanco regado levemente con puré de patatas por un ladito y encima del puré una albóndiga. Sí, sí: una albóndiga. Y no os penséis que era del tamaño de un puño o como una pelota de tenis: era una albondiguita, adorable pero minúscula. Quedaba hasta ridícula ahí tan solita en el puré. Daba penita, daba un no sé qué comerse a esa huerfanita… Se sentía rara, como si por error la hubieran puesto allí a ella sola. ¿Dónde están tus amiguitas, querida albondiguita?
Para colmo, soy una persona a la que el arroz me pesa mucho, me sacia y me quita las ganas de comer más. Y en esta modalidad en concreto -arroz blanco hervido en solitario- me quita también las ganas de vivir.
En resumen, mi cara al ver el plato que me sirvieron era un poema. Y yo, ni corta, ni perezosa, me quejé: pregunté qué había pasado para que laS albóndigaS se hubieran singularizado de esa manera triste y decadente, provocando esa tristeza de plato. La respuesta de aquí nuestro amigo compatriota fue muy creativa e inesperada: dijo que se había equivocado en la pizarra al escribir el menú, mientras borraba la «S» de «albóndigas». Yo, a la vez divertida y bastante cabreada, le quise ayudar al majo de este señor indicándole que estaba muy despistado porque había errado la «S» en dos pizarras más que tenía por el negocio.

Y efectivamente señoras y señores, acto seguido, fue borrándolas para que no hubiera más confusión. Yo ya indignadísima, sintiéndome engañada y viendo que este hombre era un sinvergüenza de cabo a rabo, de repente recordé que las albóndigas venían con papas fritas. Encima. También se había equivocado con el puré. De nuevo, y cada vez con más tensión entre el señor y mi persona, le comuniqué su error.
Ya el señor, odiándome o descubriendo con sorpresa que no soy gilipollas, o probablemente las dos cosas a la vez, me echó tres patatas fritas de mala gana en el plato. Empecé a relatar que era una tomadura de pelo, que cómo me iba a cobrar encima más que un menú normal (como el que tenía Josu que estaba en orden y tenía buena pinta).
Al final acabamos discutiendo, yo me negué a pagarle más de 8 soles y así se lo comuniqué para que se fuera preparando. El señor se puso amenazante y de muy malas formas, mientras yo comía el controvertido menú y le respondía a sus aspavientos. Esperé a que Josu terminara su menú y nos fuimos, pagándole -como ya le había advertido- dieciséis soles por los dos menús, cosa que acabó aceptando porque sabía perfectamente que no tenía razón.
Y ese era el chisme. Fue todo un poco brusco, por lo que no nos quedaron muchas ganas de volver por ese mercado, la verdad. Pero no fue problema porque el del centro, el Mercado Central de San Pedro nos gustaba incluso más, así que fuimos allí y nos olvidamos del de San Blas.
Los malos rollos por dinero
Estas cosas viajando a veces ocurren. Te quieren medio estafar, hacer la trampilla, darte gato por liebre. A veces intentan cobrarte de más, o se inventan suplementos en la cuenta, o las vueltas te las dan mal, o te cobran diez cuando sabes perfectamente que cuesta ocho. Estas cosillas pasan frecuentemente (en unos países más que en otros) pero no hay de qué preocuparse. El consejo es siempre: tranquila pero atenta; y si te pasa, no te calles y de forma educada expresa tu malestar. La mayoría de veces queda en anécdotas que luego cuentas a las amigas.
Muchos pensaréis que vaya drama por dos soles. Y de alguna manera es verdad, pero nunca se trata del dinero en estos casos. Es no permitir que te traten como idiota, es un juego de respeto, más que intentar ahorrar algunas monedas que para tu economía no significan tanto al terminar el viaje.

Miradores de Cusco
Esa misma tarde decidimos subir al Mirador de San Cristóbal y no nos arrepentimos. La ciudad iluminada desde ahí se veía preciosa. En el mirador había muchos puestos que vendían ropa y souvenirs, la gente contemplaba el espectáculo con una botella de vino, incluso con cenas en modo picnic. Se estaba a gustísimo ahí arriba y fue una de las noches más bonitas en Cusco.

También en estos primeros días en Cusco visitamos el Cristo Blanco. Para llegar hay que hacer una rutita que pasa al lado de las ruinas de Sacsayhuamán, por lo que nos venía súper bien desde nuestro hostal. A las ruinas no fuimos porque nos pareció carísimo y nosotros tampoco somos muy entendidos de arqueología. Sabíamos que íbamos a visitar muchas ruinas más adelante así que pasamos un poco de éstas.
Seguimos la máxima que Josu aplica muchas veces: «hasta ayer no sabía que existía este sitio, así que puedo vivir sin conocerlo«. Amén.

La ruta hasta el cristo es facilita, aunque a veces se pone un poco durita porque es subida constante. Nos hizo calor y sudamos mucho, pero desde arriba había unas vistas espectaculares. La verdad que fue una ruta perfecta para empezar con nuestras caminatas, que poco a poco se harían más largas y complejas a medida que avanzó el viaje.
Al llegar al Cristo Blanco, encuentras unas vistas de la ciudad impresionantes junto a tres cruces llenas de ofrendas de los creyentes (incluso había botellas de alcohol, me imagino que de alguien muy devoto -del alcohol) y, por supuesto, un cristo de color blanco con los brazos abiertos como si fuera tu mejor amigo cuando vuelves de un viaje largo, que es el que le otorga el nombre al lugar. Mucha gente llega aquí en coche o en excursiones organizadas que suben en distintos vehículos, pero la satisfacción de llegar a pie no tiene precio, el paseo es muy recomendable. Os digo que luego estar en Cusco, abajo en la ciudad, viendo a esta estatua blanca a lo lejos en las noches sabiendo que has caminado hasta allí, es algo que mola bastante.

El centro de Cusco
La Plaza Mayor o Plaza de Armas de Cusco es como el núcleo principal de la ciudad y donde la vida pasa a un ritmo algo acelerado. Pasamos varios momentos sentados en sus bancos, simplemente observando el movimiento de la gente y de la ciudad. Además, la plaza es muy bonita también y digna de admirar. En el fin de semana que estuvimos en la ciudad, el segundo de julio, vimos desfiles de militares y escolares con uniformes de colores. Preguntamos a un señor con un peto fosforito, que parecía organizar un poco el cotarro, que nos dijo que todos los domingos ocurría ese desfile, pero no nos explicó a qué se debía. ¿En serio? ¿Todos los findes se lía esto en Cusco? Nos parecía algo increíble, por lo que investigamos: buscando en Internet entendimos que se refería a los fines de semana de julio, mes en el que celebran la independencia del país (declarada el 28 de julio de 1821).
El día que me enamoré de un peruano
Otra tarde en esta plaza me enamoré de un niño llamado Isaac. Su madre era vendedora en la calle, y estaba en uno de los semáforos de la plaza, vendiendo a los coches pañuelos, caramelos y algunas otras cosas que llevaba en su cesta colgada de la cintura. Llevaba a Isaac, de unos cuatro años, cogido de la mano, colgando de coche en coche y el pobre niño estaba ya inquieto y aburrido. La madre nos vio a Josu y a mí en el banco cercano y nos preguntó si podía sentarlo allí un rato. ¡No veas lo bien que me lo pasé jugando con él en ese banco!

Isaac era un niño especial, que pese a su edad aún no hablaba nada, pero tenía unos ojos llenos de curiosidad por el mundo que le rodeaba y conseguí hacerme su amiga en esa tarde. Su madre luego descansó un poco con nosotros y nos contó que estaban pasando por muchas dificultades económicas, que el padre de Isaac y de su otro hermanito los había abandonado y que ella estaba sola a cargo de todo, y tenía que trabajar a la vez que cuidaba de Isaac. Esta situación no es algo raro en Perú, ni en muchas partes del globo, desgraciadamente. Es increíble la cantidad de mujeres solas trabajando en la calle cargadas de niños que se ven por todo el mundo.
En esta entrada en la que hablo de nuestro gran viaje por Latinoamérica, ya reflexioné sobre esto cuando hablaba de la cantidad de niños que se ven por todos lados. Me parece un temón.
Momento para compras
Cusco también es un buen lugar para comprar recuerdos de tu viaje por el Perú. Yo no suelo comprar muchas cosas cuando viajo, pero aquí tenía claro que iba a hacer una excepción y ya tenía pensado desde mucho antes lo que iba a adquirir:
- Quería una tela de colorines como las que llevan las peruanas atadas a la espalda (para cargar objetos o bebés), que son preciosas y me gustaban mucho para hacerme un mantel. Suena muy a señora, lo sé, pero es lo que hay. La pillé en una tienda de telas en una calle comercial, donde la compran ellos normalmente para hacer esos atillos y salió baratísima.
- También compré un gorro de lana de alpaca original. Esto, por el contrario, salió más caro ya que lo compré en el Centro de Textiles Tradicionales del Cusco (CTTC), una organización sin fines lucrativos y que colabora con comunidades indígenas cusqueñas tejedoras, para ayudar a la supervivencia de sus tradiciones. Se trata de una tienda de comercio justo, que además colabora con mujeres y que garantiza que las telas son de alpaca original y natural. Por lo que rectifico: no salió caro, salió por su precio justo.
Estas dos cosas, junto a un colgante de turquesa peruana que compraría más adelante en Huanchaco, fue lo único que me traje del país.
Como estando aquí se nos rompió una mochilita que llevábamos en el día a día (de semejante tralla que le dábamos), nos tocó dar varias vueltas por tiendas hasta que encontramos una barata, con el famoso logo de la Marca Perú con la P con forma de espiral. Esta motxila nos salió buena y resistente y nos acompañó el resto del viaje, ¡casi un año viajando con nosotros!

¿Qué hacer desde Cusco?
Una vez visto lo que ofrece la ciudad os voy a invitar a dar una vueltecita por los alrededores. En nuestros días por aquí -la zona más turística del país con diferencia- hicimos los siguientes planes:
- Excursión a Machu Picchu por libre, caminando desde la famosa hidroeléctrica hasta Aguas Calientes y bien barato. Te lo cuento todo en otra entrada dedicada exclusivamente a esta visita a la maravilla del mundo.
- Visitamos Quillabamba y disfrutamos de la ciudad del eterno verano.
- Fuimos a Ollantaytambo. Este pueblo nos conquistó; te mueres de lo bonito que es y lo bien que se está allí; es de estos lugares extraños en los que hay una energía calmada y única. Estando allí hicimos la primera ruta exigente de nuestro largo viaje: la ruta a Inti Punku. En ella vimos que nuestra forma física estaba mejor de lo que creíamos y nos ayudó a reunir valentía y decidir hacer otras que hasta ese momento habíamos descartado (como la de Choquequirao). Es increíble la fuerza y los ánimos que nacen de conseguir estos retos físicos, de repente te sientes Superwoman y no veas lo adictivo que es el chorraco de adrenalina en tu torrente sanguíneo.
El regreso a Cusco tras la tournée
Cuando regresamos a Cusco después de visitar los puntos anteriores, de nuevo estábamos sin hostal, por lo que las primeras horas después del regreso fueron un poco cansadas. Buscamos y buscamos uno que estuviera bien de precio, incluso llegamos a hacer turnos de rastreo: uno esperaba en un banco con las dos motxilas y el otro daba vueltas en las cuadras de alrededor preguntando.
Intentamos buscar cerca del centro y no ir hacia San Blás, que es un barrio que queda hacia arriba y plagado de cuestas, pero tras varios intentos fallidos asumimos que había que ir para esa zona. Los hostales más económicos y el ambiente motxilero se mueve por ahí, así que allí nos plantamos. Por la zona de las subidas, las bajadas y los gringos viajeros, encontramos -al fin- un hostal cuyo precio nos cuadraba (ya que empezábamos a estar cansados de la búsqueda), convirtiéndose éste en nuestro segundo hostal en la ciudad. La cosa es que no tenían para todas las noches que nos queríamos quedar, por lo que unos días más adelante nos tocó cambiar de sitio. En total por lo tanto, estuvimos en tres hostales diferentes en la ciudad. De todos ellos, el único que recomendaría es el último (La Posada Tinkuy).
Comenzaba el periodo de los tours organizados

Desde Cusco hicimos también tours organizados con más turistas y, en esta ocasión, hacerlo así salía más barato que si lo hubiéramos hecho por nuestra cuenta. En total hicimos tres tours:
- Hicimos un tour organizado al Valle Sagrado. Imperdible esta excursión, ya la hagas por libre o con tour, te encantará. Es una excursión cultural, por diversos pueblos de este valle famoso mundialmente y que tiene mucho que contar.
- Hicimos otro tour organizado a la Laguna Humantay. Esta laguna es maravillosa y premia a los que consiguen llegar a ella con sus aguas de todos los tonos de azul y verdes que existen. No exagero.
- Tour a la Montaña de 7 Colores (llamada realmente Vinicunca) y al Valle Rojo, fue el último tour organizado por otros que hicimos. Este fue bastante más turístico -si cabe- pero también nos gustó muchísimo.

Lo mejor para el final: la ruta a Choquequirao
Si todavía no teníamos bastante, o no estábamos suficientemente enamorados de esta zona del Perú después de todo lo anterior, los últimos días por aquí nos lanzamos hacia la mayor aventura de este viaje por Perú: la ruta a pie hasta Choquequirao. Salimos en autobús desde Cusco hacia Cachora, descansamos allí un día y emprendimos la marcha. Os cuento esta increíble experiencia en otra entrada, porque hay mucho, mucho que contar.
En Cusco hay algo malo: tú
Fueron unos días muy buenos los que pasamos en Cusco. Lo único que se puede decir malo de este lugar es que está llena de gente como Josu y como yo. Es decir, muchísimos visitantes la invaden y la hacen bastante incómoda para estar en ella durante mucho tiempo. Al estar varios días aquí, acabas cansada de las multitudes, de los sitios caros, de los vendedores ambulantes que te preguntan mil veces si quieres sunglasses, de los gringos borrachos, de los jaladores de los restaurantes, etc.
Muchas veces ocurre esto: la ciudad es espectacular pero se afea de la cantidad de gente que acude a ver su belleza (en España creo que pasa un poco esto en Barcelona, ¿no creéis?).
¡Que la vida nos devuelva alguna vez a Cusco!
Dicho esto, lo siento, pero es una fortuna ser una más de esas demasiadas personas.
En Cusco las noches vistas desde sus miradores son calmadas y frescas, amables y silenciosas, lejos del bullicio del centro. Las mañanas son ajetreadas, llenas de vida y movimiento, con un epicentro de la actividad de la ciudad que es su plaza central, donde es imposible aburrirse. Sólo sentarse con un café allí a ver pasar las horas es una actividad en sí misma (que no se entere nadie, que sino en unos años comienzan a cobrar entrada). Y las tardes sirven al viajero para perderse por sus calles, andar, caminar y transitar todos sus paisajes, siempre que se tengan ganas y energía para subir sus muchas cuestas.

A pesar de la marabunta de turistas echando fotos y hablando en inglés y francés, esta ciudad tiene un encanto único y muy especial que hace que quieras volver una vez que te has ido. Tengo que decir que nos costó un poco despedirnos de ella y espero que la vida me devuelva de nuevo aquí alguna vez en el futuro.
Pensando ya en la próxima vez que volveríamos, volamos de Cusco a Lima un día 23 de julio. ¡Esperamos poder regresar, Cusco querida!
Los días que permanecimos en la ciudad disfrutamos mucho, mucho, como espero que hayáis disfrutado vosotros acompañándome en este paseo que os cuento aquí. Si es así, ¡no te olvides de seguir leyendo las siguientes entradas y de seguir nuestros pasos por esta gran ruta de 380 días de Perú a México!
¡Salud y república! Que diga… ¡Salud y motxila, motxila!

Datos prácticos para motxileros:
Bus Puno – Cusco: 8h.
Hostales: Hostal Inka Town Inn (S/50/noche), Hostal Sambleño (S/70/noche), La Posada Tinkuy Hotel (S/60/noche).
Menú en mercados: S/8.

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