En esta entrada os contaré cómo de increíble fue conocer la ciudad de Nazca, en Perú, y sobrevolar sus famosas líneas. Una experiencia que nunca olvidarás.

¿Quién no conoce Nazca? Seguro que alguna vez en la vida todo el mundo ha oído hablar de sus famosas y misteriosas líneas y sus geoglifos.
De pequeña, la primera vez que oí hablar de Perú lo hice viendo un documental sobre Machu Picchu y sobre las líneas de Nazca, probablemente en la 2 de TVE. O quizás fue en dos documentales distintos, pero ambos me marcaron. Recuerdo quedarme embobada con este lugar (de pequeña era bien curiosa, bueno, sigo siéndolo, y me embobaba y me embobo por cualquier cosa). Me impresionó mucho descubrir que había un misterio así por resolver, unos humanos lejanos que hicieron estas líneas y estos dibujos, que nadie tenía idea de para qué lo habían hecho, o para quién, o por qué… Esto me impactó muchísimo y me dejó prendada de este país. Este lugar y Machu Picchu fueron los responsables de que el avión que cogimos en Madrid en junio de 2025 aterrizara en Lima, y no en otro lugar de Suramérica.
Sobrevolar las líneas de Nazca como un pájaro era una de las cosas que quería hacer sí o sí en Perú. Es una actividad cara, todo hay que decirlo, pero creo que merece tanto la pena que una vez hecho me parece hasta barato. Supongo que si no te ilusionan tanto las líneas como a mí, quizás se pueda entender como una «turistada» sin más, pero te aseguro que si te interesa el tema vas a alucinar cuando las veas en primera persona. Eso ya es a elección de cada uno; para mí fue una de las experiencias más bonitas y emocionantes de mi viaje a Perú, sin dudarlo.

Nazca no decepciona
Había expectativas con Nazca, y Nazca las cumplió.
Estuvimos aquí solo una noche, llegamos un lunes a mediodía en autobús desde Ica, donde habíamos conocido la maravillosa Huacachina. En el trayecto buscamos un hostel por internet que fuera barato y el destino quiso que diéramos con el negocio de Ernesto, un tipo genial que encontramos en el camino. Nada más llegar a su alojamiento, llamado Hostel Casablanca, nos sentimos en un buen sitio. La entrada era peculiar, ya que Ernesto es coleccionista de antigüedades y también hace negocios con ellas, por lo que tiene este espacio lleno de muebles y figuras algo rocambolescas y muy llamativas. Como si fuera una terraza-anticuario.

Nos recomendó un sitio para comer un poco de pollo y después recorrimos el centro de la ciudad, dando un paseo por la Plaza de Armas y los alrededores. También aprovechamos y compramos unas pastillitas para el mareo, para así poder disfrutar al 100% el vuelo que nos esperaba al día siguiente. Fuimos previsores y menos mal.
Al regresar al hostel, ya cerca del atardecer, pudimos charlar e intimar más con Ernesto, el dueño, quien resultó ser un contador de historias de los que ya no quedan. Daría una mano por tener la locuacidad y el ingenio que tiene él a la hora de narrar cualquier tipo de experiencia o historieta. Pasamos toda la noche junto a él, escuchándole, riéndonos con sus anécdotas, hablando mucho con él de comida peruana, de la historia de su país, de música, ¡hubo incluso momentos para contar historias de misterio y de fantasmas que nos pusieron los pelos de punta!
A lo largo de la velada, se unieron también otros huéspedes que habían hecho ya amistad con Ernesto: Nadja y Lucas, ella rusa y él chileno. Juntos disfrutamos de los relatos mientras bebían un poco de ron; incluso nos invitaron a un chupito, entre charleta y charleta. Esa noche fuimos prudentes, estábamos muy tranquilitos porque nosotros vinimos a Nazca con un objetivo muy claro. Así que cuando llegó una hora prudente, nos despedimos y nos fuimos a la cama a descansar para al día siguiente no estar perjudicados. ¡Que mañana se vuela, señores!
La excursión a las líneas de Nazca
Al día siguiente temprano, nos recogieron en un microbus y junto a otros viajeros que también iban a volar, tomamos rumbo hacia el aeropuerto de salida de las avionetas. Justo aquí vimos a una pareja a la que ya habíamos visto antes en Ica, en la estación de autobuses cuando veníamos para Nazca. En esa ocasión no hablamos con ellos, pero por las pintas y por el habla nos quedó claro que eran españoles como nosotros. Aquí, ya más en cercanía, pudimos presentarnos en condiciones y resulta que eran ambos de la tierra de Josu, de Santurtzi (Bizkaia).

Esta actividad del vuelo también la compramos con antelación, si no recuerdo mal fue en los primeros días en Lima cuando ya reservamos la fecha y el vuelo y todo, es decir, una semana antes de volar. Luego descubrimos, para sorpresa de nadie, que no era necesaria tanta antelación, y que es fácil reservar un vuelo para el día siguiente una vez que estés en Nazca.
Como os cuento en Viajar Barato, muchas veces reservar en el momento para las actividades del lugar, sale incluso más barato.
Pero, como os he dicho, para mí era algo importante y no quería llevarme sorpresas, así que en Lima decidimos hacer una búsqueda online y comparar precios de las distintas empresas, decidiendo quedarnos con la que vimos que tenía mejores reseñas y puntuaciones de la gente. En ese momento, esa empresa era Nazca Flights (los datos de los precios los dejo al final). y los dos vuelos nos costaron 635 soles, unos 155 euros al cambio.
A este precio que pagamos previamente, hay que añadirle algunos gastos el día del vuelo: una tasa aeroportuaria de 30 soles (7 euros aprox.) y la entrada a las líneas propiamente que costaba 47 soles cuando fuimos nosotros (otros 11,5 euros aprox.).
En total, entre el vuelo y los gastos, sobrevolar las líneas de Nazca nos costó 96€ a cada uno. Lo dicho: sale caro; pero daría ese dinero gustosamente de nuevo tras experimentar lo que experimenté.

Tres, dos, uno… ¡a volar!
Una vez que llegamos al aeródromo, los nervios iban in crescendo. Había pantallas que mostraban las avionetas en el aire y fuimos conscientes de lo pequeñitas que eran, con capacidad para 8 personas incluídos piloto y copiloto, por lo que era previsible que el vuelo iba a ser movidito. Una media hora antes de volar, tomamos nuestras pastillas para el mareo junto a un café. No comimos nada por si acaso.
A la hora de subir a la avioneta, te aconsejan que no mires por la ventana contraria, sino por la más cercana, y también que no pierdas de vista el horizonte. Hay que intentar mantener la cabeza en equilibrio y frenarse las ganas de ver las líneas y los geoglifos por las otras ventanas del lado contrario, lo que es difícil porque puede ser que primero se vean por allí. Pero hay que ser pacientes, porque luego la avioneta pega un giro brusco y ya te toca a ti por tu ladito. Yo al principio seguí todas las indicaciones de forma meticulosa y no me mareé nada, por lo que ya en los últimos geoglifos me animé a mirar por ambos lados sin llegar a tener ningún inconveniente.
Lo que sientes al ver todos esos dibujos extraños y gigantes desde arriba es difícil de explicar, es precioso y emocionante. Yo estaba como alucinando. Tras ver unos pocos geoglifos me entró una alegría tan grande, estaba tan flipada de estar ahí, experimentando todo eso, que se me saltaron las lágrimas y lloré durante unos minutos en el cielo.
¿Qué hago aquí? ¿Cómo puede ser que esté viviendo esto? Me sentía muy emocionada, lloraba de plena alegría y gratitud hacia mí misma por darme esa oportunidad, por superar mis miedos y aventurarme, por haber decidido hacer este viaje tan largo y este vuelo. Sobrevolando las líneas pensé en muchas cosas, me acordaba de mí misma de pequeña. ¿Quién le iba a decir a esa niña en esa siesta perezosa, cuando descubría la existencia de las líneas en un documental, que años más tarde iba a estar ahí? Me sobrecogió mucho ese vuelo y ese momento, y luego, al bajar, estaba hasta temblando del subidón de adrenalina tan loco que vivimos. No podía parar de sonreír, me sentía exultante, quería saltar y gritar. Sin duda fue una experiencia que se queda en mi corazón, pa’mi y pa’nadie más.

Incluso ahora, escribiendo esto, me acuerdo y me emociona haber estado ahí arriba viendo esas formas geométricas tan espectaculares, viendo el mono, el colibrí, la araña…
En el vuelo, no fuimos junto a la pareja de vascos que conocimos, ya que ellos fueron en otra avioneta que salió antes que nosotros. Pero al bajar, cuando Josu y yo íbamos radiantes de felicidad, pegando botes del subidón, muy, muy felices, de repente los vimos y al instante supimos que su experiencia había sido bien distinta… Los pobres estaban devastados, tenían una cara blanca como la pared, él estaba enguajándose la boca con algo de agua, y ella echada en el microbus mareadita perdía, con los brazos sin tono muscular cayendo a los costados y una mirada de desolación que, al cabo del tiempo, aún recordábamos.
«Ojos sin alma» habría dicho nuestro amigo Ernesto, que ya nos había contado que había gente que se bajaba así de la avioneta… ¡Qué pena que no lo vivieran como nosotros! Pero claro, ni tomaron pastillas para el mareo ni muy probablemente siguieron las indicaciones para no marearse. De hecho, nos habían dicho que habían desayunado previamente, a pesar de que sabían que no era lo recomendado.

Yo estaba tan happy flower que me salió de forma natural decirles: «¡el truco era mantener la cabeza erguida, mirando siempre al horizonte!» Todo esto mientras desplegaba mi sonrisa de felicidad máxima que no me podía quitar de la cara. Estoy segura de que en ese momento me odiaron profundamente (y con razón).
Gracias a haber visitado este Patrimonio Cultural de la Humanidad, descubrí la figura de Maria Reiche, una de las mayores investigadoras y de las personas que han dedicado más tiempo de su vida a estudiarlas e intentar comprenderlas. Era alemana de nacimiento, pero pasó la mayor parte de su vida en Perú, en Nazca, fascinada por sus pampas desérticas pobladas con estas líneas misteriosas. Ella, matemática, creía que las líneas habían sido usadas como un sistema astronómico, para calcular periodos de lluvias que ayudaran con las cosechas, aunque su teoría nunca ha sido confirmada. Actualmente, la teoría más aceptada es la que afirma que estas líneas se hicieron para celebrar ritos donde se invocaba al agua y a la fertilidad. Y tiene sentido que la función de estas líneas estén ligadas al agua, ya que desgraciadamente se cree que fue una gran sequía la que acabó con esta civilización de los Nasca, allá por el año 750 d.C.

Tras esta gran mañana, volvimos al hostel y nos tocaba esperar todo el día, ya que nuestro bus al siguiente destino, Arequipa, salía por la noche. Nuestro querido amigo Ernesto nos acompañó esa tarde, nos invitó a ir a conocer artesanías locales de cerámicas y telas con un amigo suyo. Fuimos en el coche los cuatro, como amigos de toda la vida, riéndonos mucho y compartiendo con él las horas hasta la noche. Nos estuvimos riendo muchísimo porque en el trayecto, pasamos al lado de una señora que pegó tal estornudo justo en nuestra ventana al pasar, que provocó un estruendo milenario. «¡Casi nos tumba el carro, señora!» decía Ernesto mientras los demás no partíamos de la risa.
Ernesto era de verdad muy divertido, con un humor ácido y crítico con el que Josu y yo nos sentimos muy a gusto. Me da pena no tener ninguna foto con él.
En el sitio al que nos llevó donde trabajaban las cerámicas, incluso nos dieron una explicación de cómo era el proceso. Nos explicaban cómo replicaban vasijas y otras piezas de la cultura Nasca en la actualidad, siguiendo técnicas ancestrales de pintado y moldeado. Nos reímos mucho después de la exhibición de nuevo hablando con Ernesto, porque el señor que explicaba decía que su familia era muy conocida, que habían trabajado la cerámica por generaciones. También nos contó que su hijo había visitado muchos países llevando sus conocimientos, y nos presentó a una de las mujeres que había allí trabajando como «la nieta del Gran Maestro». Luego Ernesto nos dijo la verdad: «¿qué dice este maldito viejo? Si el hijo del señor sólo ha visitado México y la nieta del Gran Maestro es su novia, y es colombiana?». Nos moríamos de risa con él.

En otras ocasiones en las que visitamos sitios de artesanía parecidos (ya que en algunos tours guiados te hacen el paseillo obligado por sitios así para que la gente sacie su sed consumista), nos contaron siempre historias parecidas. Siempre el sitio que visitas es el mejor, el más antiguo, el artesano que ves trabajando tiene conocimientos ancestrales, Grandes Maestros, es él el que tiene las mejores artesanías y te cuentan que todo lo que hay a la venta lo hacen ellos mismos, pero curiosamente todas las tiendas tienen los mismos diseños, los mismos bolsos, las mismas cerámicas, los mismos ponchos. Cambiará, quizás, la palabra del bolsito, en unos pone Nazca, en otros Cusco, en otros Puno…¡No os creáis todo lo que os cuenten y, por favor, negociad los precios!
También nos contaron cosas que no eran en la tienda de telas que visitamos. Te explican cómo consiguen los diferentes colores para los diseños, insistiendo una y otra vez en que siguen las mismas técnicas milenarias de sus antepasados, todas naturales, de ahí la calidad y el precio que piden por cualquier prenda. Pero en la explicación para obtener el color naranja, por ejemplo, usan limón exprimido sobre el color rojo obtenido de cochinillas. Y he aquí el dato: ni el limón ni la lima son americanos, no llevan en América ni muchos siglos, ya que fueron los españoles quienes lo trajeron al continente (la procedencia de estos frutos es asiática). Esto también nos lo contó Ernesto, quien tenía mucho conocimiento sobre su cultura y era muy crítico con compatriotas suyos que no contaban la verdad, o solo contaban la verdad a medias.

Ahora, cada uno es libre de poner su dinero donde le plazca, por supuesto, y de comprar lo que quiera. Yo lo tengo clarísimo: en los viajes suelo comprar entre nada y menos; sólo en ocasiones puntuales compro algo y elijo muy bien qué. Me gusta que sea un recuerdo de verdad representativo del lugar y la calidad para mí es importante, mucho más que la cantidad. Además, viajando un año con una motxila no hay mucho espacio, así que toca ser bien selectivos. En Perú solo compré dos cosas, un gorro de lana de alpaca y una tela para hacerme un mantel, y no fue en Nazca.
Tras esta tarde en la que nos reímos tanto, compartiendo el tiempo con Ernesto, regresamos al hostel y de nuevo charlamos y charlamos con él hasta que llegó la hora de partir hacia la terminal de autobuses, para hacer nuestro viaje nocturno. Realmente disfrutamos mucho de la compañía de este anfitrión y sentimos que fue recíproco, ojalá la vida nos vuelva a encontrar.
De Nazca nos llevamos muy buenos recuerdos, la alegría de haber conocido a Ernesto y una experiencia inolvidable sobrevolando como pájaros por sus pampas maravillosas. ¡Pero ya tocaba coger las motxilas y el r’n’r y marchar a otra parte! Nos despedimos de Ernesto con un abrazo de los de verdad y seguimos nuestro camino.
En la terminal de buses volvimos a encontrarnos con nuestros amigos del País Vasco, con el color de vuelta en sus mejillas y más animados. Ellos también viajaban esa noche en el mismo bus que nosotros.

Tras unas largas horas de trayecto nocturno, ya amaneciendo un nuevo día, llegaríamos a una de las ciudades más bonitas de todo Perú: Arequipa.
Pero eso ya lo contaré en la próxima entrada.
¡Saludos motxileros rockanroleros! ¡Seguidme para que os cuente más aventurillas!

Datos prácticos para motxileros:
Bus Ica – Nazca: S/60.
Rico pollo: S/58.
Sobrevolar líneas (dos vuelos): S/635 (+S/150 tasas aeropuerto).
Bus Nazca – Arequipa: S/184.

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