Foto de Josu sentado en el desierto de Ica, de fondo un jeep.

Huacachina

En nuestro gran viaje de 380 dias que iniciamos en Lima, y, después de visitar Paracas, un autobus nos llevó a Ica, y una vez allí, tomamos un colectivo a Huacachina, en el desierto de Ica. Los colectivos son como micro buses, como furgonetas, que salen de un sitio a otro cuando se van llenando y hay muchísimos por todo Perú. Hay por muchos países latinoamericanos, pero a veces el nombre cambia: les llaman colectivo, combi, camión, buseta…

Yo sentada frente al oasis de Huacachina

¿Qué lugar es Huacachina?

Este bonito pueblo-oasis, en mitad del desierto de Ica, consigue despertar todos los sentidos y deja paso a la imaginación.

Como digo, es un pequeño oasis, que supuestamente es el único natural de toda Suramérica. Está en medio de unas dunas gigantes de arena, tiene perspectivas desde donde sacar fotos con palmeritas dignas de postal y también posee muchísimo ambiente diurno y nocturno.

Huacachina es simplemente espectacular.

Los colores de las dunas cambian casi por momentos con el movimiento del sol y de las nubes. Amarillos, naranjas, marrones y dorados de día; grises, azules, lilas y morados, incluso negro, al anochecer. Subir sus dunas es extenuante, pero liberador.

Paraíso… ¿natural?

Si investigáis sobre el lugar podréis encontrar pronto algunos «peros«. No es el paraíso del que algunos operadores turísticos hablan, ya que está al lado de la ciudad de Ica y el desierto no es el abismo de arena que muchos se pueden imaginar.

Foto del lago del oasis de Huacachina al atardecer, con cielo rosado.

Sí; el oasis es de mentira para algunos, ya que se está secando y actualmente bombean agua para que no desaparezca, manteniéndolo de forma artificial. Por lo visto, no queda ni rastro del original, cuyas aguas según cuentan eran curativas.

Y sí; puede llegar a ser incómodo y un fastidio si vas en una época con muchísimos turistas: mucha gente, mucho ruido, mucho show.

Aún así, con este pueblo pasa como con Lola Flores cuando de ella se dijo que «ni canta ni baila pero no se la pierdan» (¿o esto también es mentira?). Pues eso.

Personalmente, los días en Huacachina me encantaron. Y eso que estuvimos en un hostal en una habitación compartida de seis camas, en la que había un chico peruano que era un maleducado e inadecuado, que no callaba ni debajo del agua y nos incomodó en un par de ocasiones (sobre todo a mí).

Si me preguntan, con todo, repetiría la experiencia con los ojos cerrados y es un lugar que recomendaría visitar si se tiene el suficiente tiempo por el país.

¿Qué se puede hacer en Huacachina?

Foto de los dos en el desierto de Ica, observando las dunas.

Pasear alrededor del oasis, subir por las dunas (no cualquier duna, sino una duna que es de las más grandes de Suramérica), caminar sin fin adentrándote en la arena alejándote del oasis, ver ese cielo con esos colores transmutar de los claros a los oscuros cuando cae la noche, estar en calma mientras observas a las personas que se animan a tirarse en tablas por las dunas… Simplemente todo eso o nada de eso en absoluto, lo que te pida el cuerpo una vez que estés frente a estos paisajes. Pero no dejes de visitar el lugar si andas cerquita.

En Huacachina, para los más lanzados, es muy popular pagar por un buggy (o tubular como también los llaman -en castellano antiguo: son coches 4×4-) y dar paseos arriba y abajo por las dunas. Nosotros no lo hicimos. Primero, porque nos pareció una turistada de manual. Segundo, porque se tornaba del todo molesto el ruido que generaban dando cochazos por las dunas, cuando lo que el cuerpo realmente te pide en este lugar es el silencio. Entonces, como solemos (o intentamos) ser coherentes allá donde vamos, elegimos no participar del circo. Pero para quien disfrute con esta actividad, aquí es muy popular y muy fácil hacerla, ya que encontrarás jaleadores por doquier gritando «buggy, buggy» en cualquier esquina.

Foto de Josu sentado en el desierto de Ica, de fondo un jeep.

Estuvimos muy tranquilos aquí, simplemente caminando por el desierto, subiendo a la duna gigante (tiene más de 100 metros de la base a la cima y subir es todo un reto) y dejándonos asombrar por la belleza del lugar.

Cuando estás ahí arriba, hay momentos que no sabes hacia dónde mirar, si hacia el desierto con sus cúmulos de arena que se pierden en el horizonte, si al oasis que queda a tus pies y se torna ficticio tan solitario y pequeño desde arriba, o si dirigir la mirada hacia Ica, la ciudad cercana y visible desde la duna. Lo mejor es ir de una a otra, alternando y dejando que el pensamiento vuele libre.

Carrera por la duna

Estando aquí en este pequeño paraíso desértico, nos ocurrió una cosa que os va a sorprender.

Una de las mañanas, concretamente la del 15 de junio de 2025, decidimos subir a otra de las dunas, no a la más grande sino la que queda justo enfrente, para tener una visión distinta de la zona y poder admirar el poderío de la gigante desde la distancia. Estando arriba sentados descansando tras la subida, de repente sentimos cómo la duna se movía, como en pequeñas sacudidas.

Yo al principio pensé que me estaba mareando, que era cosa mía ese vaivén que sentí en el cuerpo, pero al decírselo a Josu él también estaba notando lo mismo. Y ahí se me vino el miedo encima y pensé: «Mierda. Un terremoto».

Josu caminando por el filo de la duna gigante de Huacachina.

A estas alturas del viaje ya había leído lo suficiente sobre Perú para saber que en este país los terremotos no son nada raro (es considerado un país altamente sísmico por estar ubicado en el cinturón de fuego del Pacífico) y mi mente se puso en modo supervivencia -vamos, que me cagué de miedo-, por lo que comencé a bajar rápidamente de vuelta al oasis, corriendo duna abajo, teniendo miedo de que fuera a más y hubiera corrimientos de tierra o algo así.

No digo que eso sea posible o probable, pero es lo que pensé en esos segundos. Mi naturaleza de base algo ansiosa (mucho de ansiosa y poco de algo) hace que mi mente sea equiparable a la de Stephen King si a crear escenarios terroríficos nos referimos, y eso me ayudó a correr cual liebre perseguida por galgo, buscando asfalto estable mientras en mi cabeza trataba de crear una jerarquía de modos de muerte en un terremoto: desde caer al abismo al abrirse la tierra, a morir ahogada en un alúd de arena, pasando por aplastamiento bajo edificios y un largo etcétera que mejor no os escribo aquí. Creo que si me hubieran cronometrado, me hubiera llevado algún récord de velocidad al bajar dunas en modalidad «cara de sensación de muerte inminente».

Yo caminando por una duna en el desierto de Ica, Huacachina.

Josu, a todo esto, no estaba del todo seguro de que eso que habíamos sentido fuera un terremoto y como no me creía, al principio me seguía duna abajo como a las locas. Pero al bajar, una vez ya sintiéndonos seguros y viendo que no había sido una sacudida grande, miramos noticias en el móvil y efectivamente, había habido un terremoto en Lima con epicentro cerca de la zona de Callao, por donde está el aeropuerto. Fue un temblor bastante fuerte allí, que por desgracia provocó un fallecido y varios heridos, siendo el seismo más fuerte registrado desde 2007 hasta esa fecha.

A nosotros nos pilló lejos, pero increíblemente pudimos sentirlo sentados en las dunas. En el oasis la gente seguía con su día tan tranquilos, ajenos aún a las noticias que saldrían más adelante sobre el terremoto, por lo que es muy probable que ni lo sintieran como nosotros arriba en la duna.

Fue toda una experiencia que nos recuerdó que hay que vivir día a día, intentando disfrutar cada momento, porque no sabemos qué puede pasar mañana. En nuestro viaje, en cierta manera este suceso despertó nuestras alertas.

Apreciemos lo que tenemos hoy, agradezcamos cada instante, cada inhalación, cada parpadeo, recordando que lo perderemos pronto. Memento mori, que diría un buen estoico.

Pensamientos en la arena

Este oasis, aunque a veces fuera ruidoso, como veis me sirvió mucho para pensar y meditar. Hubo muchos momentos de silencio, subiendo o bajando por las dunas, u observando el atardecer desde arriba.

Me pasó en algunos momentos que me entraban como ganas intensas de llorar, una emoción grande y repentina que llegaba sin preaviso. No era la primera vez en mi vida que sentía algo así, ni sería la última, por lo que ya conocía esa sensación que me ha ocurrido en sitios concretos, en momentos puntuales en los que la emoción me desborda, cuando no me puedo creer dónde estoy, por ejemplo, o estoy muy feliz tras algún acontecimiento (me pasó parecido sobrevolando las líneas de Nazca unos días más tarde o en India conociendo a un baba -como un monje- en un templo hindú).

Foto mía caminando en el desierto de Ica, entre las dunas.

Cada uno tiene sus manías y yo soy una persona a la que no le gusta llorar en compañía de otros, y esta emoción que os cuento me sobrevino con Josu o con otras personas delante, por lo que en estos momentos elegí no dar rienda suelta, no sacar. Tendría tiempo más adelante para expresar todo esto y lo haría bien a gusto. Me gusta contar esto, estas emociones, porque son cosas que suceden, que son necesarias, normales y buenas. En viajes largos hay espacios y cabida para muchas cosas que en el día a día no están presentes o que no solemos observar.

En este viaje largo, tuvimos la oportunidad de disponer de la cosa más preciada que existe en el universo: el tiempo. Tiempo para contemplar con curiosidad todo lo que se venga, minuto a minuto. Y, aunque aquí llevábamos pocos días motxileando, ya estábamos comenzando a ver el pasar de los días de una manera distinta, con más atención.

Este desierto nos fue preparando. Nos puso a disposición del camino. Bienvenido todo, todo, todo lo que nos depare el viaje.

Entre esto y lo del memento mori me está quedando una entrada algo mística. Mis disculpas.

¿Dónde nos alojamos en este oasis?

Foto mía arrodillada en el desierto de Ica

El hostal en el que nos alojamos en Huacachina también nos gustó mucho. Tenía habitaciones compartidas amplias, donde cómodamente podíamos alejarnos del flipado que nos tocó de compañero para dormir, zonas comunes muy bonitas, y acceso a un restaurante al lado en el que nos hacían algo de descuento por estar alojados.

También nos dieron el primer día dos tickets de una bebida de cortesía para el bar del restaurante. Ese mismo primer día, a la hora de comer, un camarero nos vio en la puerta, dudando si entrar o no mientras mirábamos el menú, por lo que para convencernos nos dio otros dos tickets más. Así que en total tomamos cuatro vulcanos totalmente gratis y gustosamente en este sitio. ¡No está mal!

Como curiosidad, comentar que me hizo especial ilusión ver a la orilla del lago del oasis una biblioteca pequeñita y muy bonita. ¿No os hace siempre ilusión a los que os gusta leer descubrir bibliotecas o librerías en sitios insospechados, como un oasis en mitad de un desierto?

Adiós desierto de Ica, el camino continúa

Foto del desierto de Ica, con la ciudad de Ica al fondo.

Tras estos momentos de introspección e intimidad en este desierto lindo y en el oasis de Huacachina, volvimos a tomar un taxi hacia Ica, y de ahí partimos en un autobús hacia Nazca, ¡con nuestras motxilas y mucha ilusión por conocer esta ciudad de la que tanto habíamos oído hablar y de la que tantas imágenes habíamos visto en documentales!

Os lo cuento todo en la próxima entrada del blog.

¡Saludos motxileros a todos los rockanroleros!

¡Vamos, que la historia continúa!

Icono diseñado por mí para ilustrar al país Perú, es un dibujo de un huaco.

Datos prácticos para motxileros:

Bus Paracas – Huacachina: S/51,50.

Hostal: Desert Nights Hostel.

Taxi Huacachina – Ica: S/10 .

Bus Ica – Nazca: S/60.

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